jueves

Una de las razones por las cuales amo la moda, es por ese efecto que ejerce en mí de maravillarme en un segundo, de hacerme olvidar los problemas unos segundos para concentrarme en lo que está ante mis ojos. No sólo es sentir asombro por la prenda o la pieza, sino porque algo como eso pueda salir de la mente de alguien. Eso experimenté cuando fui a la pasarela de Gustavo Helguera. 

De pronto llegas y empiezan ciertos problemas de organización que te provocan malestar, que se suman al tráfico que rige la ciudad, que la cámara no funciona, de pronto te sientes cansada. Y entonces, tras el discurso inaugural, sale la primera chica a la pasarela y entonces…todo se olvida. 


Es ver desfilar piezas increíbles, sobre los cuerpos de jóvenes que inician en el modelaje, y sólo se puede pensar en lo espectacular de las piezas. Todo sentimiento ajeno al asombro desaparece y sólo queda disfrutar de hasta donde puede llegar la imaginación del creador. 



Obviamente son piezas para editorial, al menos eso piensa uno al ver esas piezas excéntricas y opulentas por su tamaño. Pectorales con cadenas doradas, brazaletes decorados con picos, cascos de acrílico o metal patinado, pulido y con plumas, además de cristales de Swarovski Elements. 


En Reflejos del alma Gustavo Helguera plasmó prendas retro-futuristas, de pronto vez referencias a elementos antiguos, como tendencias futuristas. 


Helguera llevaba años lejos de las pasarelas porque deseaba enfocarse en el aspecto económico del negocio, sin duda una decisión inteligente darle la importancia adecuada a ese aspecto, pero su regreso fue espectacular.



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